Por: Tatiana Perea Machado, Psicóloga Clínica

La psicología clínica una joya de la corona  de la psicología (por su aparente carácter científico que proporciona la credibilidad que toda disciplina anhela), ha atravesado por épocas de  triunfos, pero también de crisis y en esta nueva época de la posmodernidad tendrá la necesidad de reestructurar algunos de sus planteamientos cumbres para adaptarse a las nuevas crecientes; esta transformación podría implicar una reformulación también de  su modo de intervenir y entender al hombre, pues este hombre ha cuestionado las posturas radicales positivista, racionalista, y empirista para considerar visiones más  construccionista y constructivista, en suma un hombre posmodernista. Lo anterior da la apertura al debate entre la psicología clínica y la clínica psicológica que plantea una forma diferente de acercarse a los fenómenos.

Norton – Ford y Kendall (1988), “define la psicología clínica como una forma de psicología aplicada que pretende determinar las capacidades y características de la conducta de un individuo recurriendo a métodos de medición, análisis y observación, y que, con base en una integración de estos resultados con los datos obtenidos a través del examen físico y de las historias sociales ofrece sugerencias para adecuada adaptación del individuo”. (Citado en Bedoya y Castellanos, 2010)

Lo anterior sitúa al individuo en calidad de paciente, un tanto pasivo, obedeciendo instrucciones para aliviarse y mejorar su sintomatología, el típico asistencialismo heredado de la medicina, en donde hay causas y efectos casi predecibles; así mismo la medición lo instala como un ser básico, el cual se puede fácilmente comparar con otros afines. “La medición en psicología y por ende en la psicología clínica constituye una herramienta que permite cuantificar características humanas y objetivar procesos de evaluación” (Malo, 2008, p. 46). Lo descrito por la autora, hace pensar que esta medición, permite llegar a un resultado a lo que se denomina en psicología impresión diagnostica, dejando de la lado la complejidad del ser humano y sus múltiples reacciones ante eventos disimilares.

Amoros (1980). Señala las funciones del psicólogo clínico reductibles al diagnóstico, tratamiento e investigación de los problemas que se infieren al comportamiento humano, su tarea principal es explicar y comprender las razones que impulsan a los individuos a obrar como lo hacen, prever cuál es su comportamiento y en ciertos casos encontrar el medio de modificar la conducta, su campo es la patología de la personalidad (pág., 364)

En otras palabras, este autor también concibe a la psicología clínica como un campo encargado de buscar, lo obvio, lo predecibles y lo observable, intentando modificar el comportamiento patológico causante del aparente sufrimiento humano; de ahí que dicho sufrimiento es medido, cuantificado y hasta clasificado.

Wyile y Pare (2001), señala que las más conocida y utilizada clasificación de enfermedades mentales (DSM) debería ser tomado como un registro saturado de valores de los estilos de comportamientos contemporáneos que como un espejo de la realidad. (Citado en Molinari, 2003).  Puesto que esta última es cambiante, irreconocible por el observador externo, la realidad, podría ser sinónimo de singularidad y subjetividad, a lo cual algunos instrumentos y técnicas de intervención quedan fuera de alcance para explicar y dar respuesta a la complejidad de los fenómenos humanos cuyas manifestaciones son el resultado de factores psicológicos, culturales, sociales y de temporalidad.

Lo anterior es reforzado por una investigación de Jiménez (1999), en donde hace referencia a que los factores específicos representados en las técnicas empleadas en proceso clínico – terapéutico representan el 15% de la varianza en la mejora patológica o pathos humanos y el 45% del cambio obedece a factores no específicos centrándose de esta manera en un modelo genérico el cual postula que la participación del paciente en las intervenciones es crucial en el resultado del tratamiento. Integrando la capacidad del paciente de colaborar y la persona del terapeuta, enfatizando en la fortaleza del equipo de trabajo (p. 112).

De manera que para intervenir a un sujeto, debe hacerlo otro sujeto, que pueda entender la dinámica tan compleja del paciente y no solo instrumento de evaluación, cuyos datos serán siempre fríos y carentes de sentido; pues este sujeto que se interviene es producto de una singularidad tan única como la época en la que está inmerso, de ahí que no se puede  intentar analizar al hombre de la edad moderna desde una postura medieval, pues en definitiva corre el riesgo de no comprender la génesis del síntoma y por lo tanto su  aporte e intervención será ineficiente,  se debe agregar que el acercamiento a los fenómenos deberá realizarse con una especial meticulosidad que permita entender los fenómenos en su contexto.

La psicología clínica deberá desglosar la contemporaneidad, para intentar entender los diferentes fenómenos. Esta reestructuración implica mirar con recelo los libros y manuales que describen los signos y síntomas; para así re direccionar la mirada hacia el individuo.

Esta mirada debe contemplar unas visiones postmodernas del self como lo plantea Amores y Aza (2016) “el individuo posmoderno busca la manera de tener el control y seguridad sobre su existencia” lo incierto le genera angustia hasta el punto de generar síntomas o sufrimiento.

“Así mismo platea los autores la perdida de grandes referentes que daban piso a su existencia y queda expuesto a una multitud de modelos de referencia, y misma multiciplidad de elección” (Amores y Aza 2016, pág., 1997). Como lo plantea Sartre “el ser humano es esclavo de su libertad y estamos condenados a la libertad de tener que elegir que ser”. En esta confusa situación, la psicología clínica debe ahondar esfuerzos para acompañar, pero no lo podrá hacer si se queda atendiendo al sujeto desde otra contemporaneidad sin responder a la actual. No se podría entender y acompañar al sujeto contemporáneo con la mera aplicación de psicoterapias conductuales del siglo XX, a lo mejor tampoco con las psicoterapias cognitivas radicales de mediados del siglo XXI como dijo un anónimo pensador “no se puede combatir el futuro con armas del pasado”.

Un arma del presente podría estar representada en un enfoque alternativo difundido y argumentado en la actualidad, hago referencia al construccionismo social el cual según

Molinari (2003) platea  4 premisas  la primera, que los términos en los cuales atendemos el mundo no surgen de, ni se corresponden con lo que el mundo es realmente; esto es que el significado de las palabras no se derivan de los objetos que representan, sino de los juegos del lenguaje dentro de los cuales son proferidos, la segunda premisa asume que nuestros modos de describir, explicar y representar la realidad derivan de relaciones., la tercera, afirma, que en la medida en que describamos, explicamos o representamos  la realidad, así damos forma a nuestro futuro y la cuarta premisa da lugar a la metasfera conversacional en la que el sentido de la narración del paciente es construido en base a sus propias pautas, y la verdad surge del dialogo.

Habría que decir también que autores como Gergen (1992), sugiere hacer énfasis sobre el pensamiento narrativo y al mismo tiempo abrir al paciente a nuevos contextos, que hagan más énfasis en la generación de nuevos significados derivados a través del dialogo transformador. (Citado en Limón, 1997, pág. 60). Esta narrativa se le pudiera considerar una nueva manera de hacer psicología clínica o como lo plantea Bedoya, Biles y Schnitter (2012) “una clínica psicológica, que será el espacio donde se teja la urdimbre del sufrimiento humano, para tejer una nueva a partir de la experiencia clínica, proveniente por una parte de la vida cotidiana del consultante y, por otra, de la experiencia misma, de la relación clínica”.

La clínica psicológica, deberá estar atravesada, por otro enfoque que ha demostrado su pertinencia en esta actualidad; y es el constructivismo, Botella y Figueroa (1995), hablan de la terapia constructivista como lo más parecido a una psicoterapia de la posmodernidad, pues esta plantea el conocimiento humano como una construcción derivada de los procesos de interacción con el mundo externo” (citado en Amores, 2016). En este enfoque se plantea un proceso de construcción y reconstrucción de la realidad. No hay verdades absolutas, y se abandona por completo la supremacía de una postura sobre la otra, hablamos entonces de un par clínico en donde el saber de ambos (paciente – terapeuta) se conjugan para lograr procesos más efectivos en la continua y ardua tarea de comprender y acompañar el sufrimiento humano.

El ejercicio clínico como lo plantea Bedoya, Biles y Schnitter (2012) permite que el consultante se narre, exponiéndose intersubjetivamente, para construir nuevos relatos narrativos de sí, por tal razón las características del clínico debe ser la comprensión y reconocimiento del consultante. En otras palabras, es el diálogo entre expertos que se deben a sí mismos igual reconocimiento y admiración pues cada uno es experto.

De lo anterior resulta que la intervención clínica debe necesariamente optar por la comprensión del sujeto, más que por su medición o evaluación; comprender el individuo implica una reconstrucción de paradigmas, intervenciones y diagnósticos preestablecidos, la clínica deberá permitir al sujeto un escenario de confort, sosiego, acompañamiento, y aceptación. Habría que decir también, que esta visión del ser humano como constructor y reconstructor de su vida a través del relato permite ir a la par con esta sociedad liquida en donde lo que hoy es, mañana puede ser diferente.

Sin embargo y con el objetivo mismo de no caer en errores del pasado esta clínica psicológica deberá saber que ninguna postura es radical e infinita, va hasta donde la humanidad y los cambios que se gestan en ella, así lo designen.

En este sentido ¿Cómo se puede no optar por una clínica psicológica hoy día?